domingo, 22 de noviembre de 2020

Tras las huellas de... César Borgia

Hacía tiempo que quería profundizar en la figura de César Borgia por su vinculación con la historia de Navarra. La oportunidad se me presentó hace unos meses, cuando conocí a Satur Napal Lecumberri y me habló de un libro que había escrito sobre su figura. 

Con el título de César Borgia. La agonía de un monstruo, Satur desgrana en pequeñas píldoras la vida de este personaje, protagonista a la vez de la leyenda negra de los Borgia y de la agonía del propio reino de Navarra. 

Su padre, el papa Alejandro VI, soñaba para él coronas de gloria en una exitosa carrera eclesiástica, mientras él ansiaba el puesto de golfaloniero de sus ejércitos y encontrar la fama en los campos de batalla. Los designios de su progenitor lo trajeron como obispo a Pamplona en 1491. Sus propios sueños dorados lo llevaron primero a conquistar decenas de plazas, para terminar convirtiéndose en un prófugo que tuvo que buscar refugio en el reino de Navarra, donde la muerte lo esperaba el 12 de marzo de 1507 a los pies de Viana. O tal vez, como insinúa el propio autor, fue él mismo quien salió a su encuentro.

Napal ha dejado que sea el propio César quien cuente su historia en primera persona mientras, en su agonía final, habla con su fiel escudero, Juanicot. Uno de sus recuerdos nos narra su boda con Carlota de Albret, hermana del rey Juan III de Albret. Nunca sabremos qué habría ocurrido si cuando su cuñado lo nombró capitán de su ejército para defender su causa frente a los beaumonteses, apoyados por Fernando el Católico, la estrella de quien una vez fuera el terror de los campos de batalla no hubiera estado ya eclipsada. 

Título: César Borgia. La agonía de un monstruo
Autor: S. Napal Lecumberri
Editorial Evidencia Médica
https://evidenciamedica.com/?s=publs&cat=2
Año: 2007. 2ª edición: 2020
Páginas: 135 
Precio: 10€


sábado, 15 de agosto de 2020

Donde se sueñan las novelas

He regresado a los pinares de mi infancia donde antaño construíamos cabañas. He vuelto a escuchar el zumbido de fondo de las abejas y he sentido la caricia de las vides repletas de uvas. Me he dejado envolver por las leyendas que la cima de Arnotegui desparrama sobre los caminos pródigos en zarzas y dadivosos de uvas y escaramujos. He visto cómo las hormigas se aprovisionaban para pasar el invierno por los veredas que suele ocupar la procesionaria.

Pinar

Sendero de hormigas


Me he detenido en la encrucijada que divide en tres el camino: hacia Arnotegui, hacia Nekeas, hacia las Salinas. Con la vista fija en la casa de las brujas he buscado el lugar donde se dice que fue decapitado san Guillén, el duque de Aquitania que asesinó a su hermana y que, después, arrepentido, tras peregrinar a Santiago, se quedó en la cima de Arnotegui a purgar el peso de su culpa. Y me he visto otra vez pequeña y llena de sueños, mientras en mi cabeza resonaban las risas de otros veranos. 

Casa de las brujas


Aquí fue martirizado san Guillén.


Este verano del 2020 me sabe más que nunca a cielos azules, a vacaciones infinitas en un lugar cercano y querido, a planes sencillos, a viejas amigas, a amigas que se han ido pero cuyas huellas me vienen a buscar. Sé que aquellos veranos de mi infancia no se han perdido. Que siguen allí entre la alfombra de hojas astifinas de pino, entre las vides y las abejas, entre las hormigas laboriosas, entre las cabañas que ya no existen, en ese Obanos pequeño e infinito rodeado de pequeños héroes: mis junteros, mis infanzones.

Obanos desde la carretera que sube a la ermita de Arnotegui


©Begoña Pro

Desde el Cerco de Artajona

Me acerco a tus muros solitarios esperando ver en los lienzos de tus murallas la silueta de un caballero. Y aguardo mientras escucho cómo la tormenta se aproxima derramando sobre la tierra gruesas gotas que empapan los campos. Al fondo creo vislumbrar una figura. Tal vez, la del propio Lasterra regresando de la Cruzada. Escucho el tintineo de sus espuelas de oro sobre la tierra reseca que espera la tormenta. Me agarro a tus piedras y miro tus almenas desde donde doña Urraca soñó un reino. 

Muralla del Cerco de Artajona


La tormenta, al fondo


Cerco de Artajona


miércoles, 5 de agosto de 2020

Encuentro con la historia


Hace unos días conocí a un descendiente de uno de los personajes que aparecen en una de mis novelas. Fue una casualidad. Surgió en el transcurso de una conversación aparentemente cotidiana. Además de la alegría que me dio tropezarme con él, me sobresaltó ese choque directo con la historia. Fue como si de repente yo hubiera viajado a la Edad Media, porque esa persona me hablaba de él como de alguien muy cercano, alguien a quien se trata de primera mano. El tiempo se disolvió para mí y fue como viajar a través de él, sabiendo que lo que me contaba era real. Me vi envuelta en una atmósfera de misterio, de tesoros, de poder. Y me entusiasmó. 
No puedo decir de quién se trata. Tal vez lo haga en un futuro. O tal vez no. De momento tengo que mantener el secreto. 
Tropecé con alguien que conoce su árbol genealógico desde el siglo XIII. ¡Guau! ¿No es simplemente maravilloso?

©Begoña Pro

Un lugar llamado Subiza

Subiza se convirtió para mí en uno de los parajes más significativos de la saga La chanson de los Infanzones debido a la trascendencia de dos de sus personajes principales que llevan este apellido. Estuve allí cuando escribí la tetralogía para conocer el sitio donde se movió Yenego Martínez de Subiza y donde situé a su hijo Álvaro. De eso hace ya varios años.

Ayer tuve la oportunidad de regresar, invitada por una lectora de esta localidad navarra. Me siento tremendamente afortunada por haber compartido un ratito con su familia. Y mi agradecimiento es infinito por la manera tan amable con la que me acompañaron por las calles de Subiza, describiendo y descubriendo otras trozos de su historia. En sus palabras se notaba el cariño y el amor profundo que le tienen a esta localidad. Porque el secreto de Subiza es la pasión que sus habitantes sienten por esta tierra en cuyo escudo se refleja el dorado de un sol infinito.

En Subiza el agua serpentea despacio. Todavía se conserva el viejo lavadero que, aunque seco hoy debido a la reconducción del cauce, conserva intacta la forma de la vasija adonde las mujeres acudían a lavar la ropa. Sí que sigue fluyendo el agua de su fuente en un lugar de miradas centenarias donde los constructores continúan haciendo hablar a las piedras. 









Enhiesta se empina la iglesia del pueblo donde las hiedras secas todavía se agarran a sus paredes. Y en la pequeña plaza destaca la placa que recuerda que L. Eguílaz y C. Oudrid convirtieron en zarzuela "El molinero de Subiza". Han desaparecido las escuelas y la vieja carnicería, pero el frontón se ha convertido en el punto de encuentro de todos sus habitantes.








Se levantaron en Subiza dos palacios. Uno ya desaparecido, cuyo lugar está marcado por un viejo muro. El otro se alzaba a la entrada del pueblo y en el siglo XVIII, cuando pertenecía a los Rada, se encontraba casi en ruinas. Fue Pedro Fermín Goyeneche quien le dotó del carácter señorial que todavía se aprecia hoy a pesar de su deterioro. Cuando su nieta, Mª Josefa Borda y Goyeneche, contrajo matrimonio en 1763 con Joaquín de Rada y Mutiloa, Pedro Fermín tomó la decisión de reconstruir el palacio como regalo de bodas para que los novios pudieran vivir allí. 

Hoy el palacio presenta sobre su fachada el deterioro del paso del tiempo y la huella de los ocupas y, tal vez, de los buscadores de tesoros. Ha desaparecido la colección de máquinas de escribir que tenía su último dueño. En el patio de las caballerizas han crecido las zarzas. La balaustrada ha perdido su esplendor y de los fogones de la cocina hace tiempo que no salen exquisitos manjares. Las tablas han sustituido a los cristales de las ventanas, pero en Subiza todavía recuerdan que ese palacio estuvo abierto para ellos hasta no hace mucho, gracias a la generosidad de su último morador.

Infinitas gracias K. e I.

 




miércoles, 15 de julio de 2020

La Kahena

Didier Nebot, en su libro La Kahena, La reina judía de Ifrikia, me ha descubierto la figura de una mujer que desconocía.
Su verdadero nombre era Dahia.
Nombrada también como Dihia, las fuentes históricas se refieren a ella con el apelativo de Kahena o Kahina, que significa sacerdotisa; término que podía incluir también la consideración de hechicera y de profetisa. Dahia vivió en el siglo VII y fue la reina de la tribu beréber nómada de los Yeraua. Se desconocen cuáles fueron las circunstancias que rodearon su infancia, que en el libro Nebot recrea marcada por la pronta pérdida de su madre y por la indiferencia e incluso odio de su padre, Tabet, por nacer mujer.
Lo que sí se sabe es que esta mujer se enfrentó en 689 a las fuerzas invasoras árabes, comandadas por el valí de Egipto, Hassan Ben-Noomane, consiguiendo dos grandes victorias sobre ellos. Sin embargo, no pudo hacer frente con éxito a la siguiente invasión producida en 698. Viéndose en inferioridad frente a estos enemigos, antes que entregarles sus tierras prefirió quemar todas sus posesiones desde Trípoli a Tánger. Un gesto muy noble que sin embargo no sirvió para frenar el avance árabe. La Kahena no sobrevivió a esta batalla, muriendo en el monte Aurés.
Nebot ahonda en las tradiciones y origen de estas tribus nómadas y nos muestra cómo eran sus rutinas, sus relaciones y su religión. Sin embargo, echo en falta una mayor profundidad a la hora de meternos en la piel de los protagonistas, especialmente en la de La Kahena. Será porque me gustaría saber más sobre ella.

domingo, 5 de julio de 2020

La víspera de la víspera


Despliego la tabla de planchar, como cada 5 de julio, como cada víspera de la víspera. Pero esta vez no hay ropa blanca encima de ella. Tampoco cuelgan pañuelicos rojos estratégicamente alineados encima del sofá, aguardando para ser atados al cuello mañana a las 12 del mediodía. No hay toros esperando en los corralillos del Gas. Las txarangas no afinan sus instrumentos. La calle Mañueta no huele a churros. Las peñas no han desplegado sus pancartas. Y el capotico de San Fermín tendrá que servir este año para enjugar nuestras lágrimas.
Me duelen estos no sanfermines de silencio y abrazos rotos. Estos no sanfermines que viviremos en otros balcones que no serán los de la plaza Consistorial. Estas no fiestas que hacen añicos todos nuestros sueños y nos obligan a distanciarnos, añorando la esencia misma de nuestra fiesta; que no es otra que estar en la calle festejando juntos, abrazados en una marea sinfín de blanco y rojo.
Se va a hacer extraño no poder ir al paseo Sarasate a por unos boletos de la Tómbola de Cáritas. No ver explotar el cielo en colores cada anochecer.  No madrugar para ver el encierro. No encontrarte con gentes brindando en la calle. No trasnochar hasta hacer la noche día. No escuchar un grandioso ¡Viva san Fermín! que retumba cada 6 de julio en toda Pamplona y recorre sus calles con una catarata de alegría como no creo que exista en ninguna otra parte del mundo. ¡Cómo voy a extrañar ir a la procesión el día 7! O inmortalizar la imagen de san Fermín por las calles del casco viejo sobre un fondo de pamploneses y visitantes que miran con fervor o curiosidad a nuestro santo morenico.
A pesar de todo ello, os deseo unos muy felices no sanfermines. Que este sea el mejor no encierro que corráis por la cuesta de santo Domingo, delante del ayuntamiento, por Mercaderes, la Estafeta o la bajadica de Telefónica y que lleguéis con buen pie a la plaza de toros. Que el no Chupinazo lo viváis como un acto de prudencia y generosidad hacia la ciudad de Pamplona. Que los no almuerzos os unan más a las cuadrillas. Que los no fuegos artificiales se conviertan en un ejemplo de solidaridad. Y, sobre todo, que nuestro santo patrón interceda para que venzamos entre todos a este covid-19.
¡Viva san Fermín! ¡Gora san Fermín!